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15-OCT /SANTA TERESA DE JESÚS
...confiada en la gran bondad de Dios que nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo. Camino de perfección 1,2
Santa Teresa de Jesús, reformadora del Carmelo y doctora de la Iglesia
P. Manuel J. Baeza Guerrero, OMD
PP. Mercedarios Descalzos
Cada 15 de octubre, la Iglesia celebra la memoria de una de las figuras más extraordinarias de nuestra historia religiosa: santa Teresa de Jesús.
Una mujer castellana del siglo XVI que, cinco siglos después, continúa hablando con sorprendente actualidad al corazón de los cristianos.
Teresa de Cepeda y Ahumada nació en Ávila en 1515. Vivió en una época de profundas transformaciones políticas, culturales y religiosas:
Fue contemporánea del Concilio de Trento, de la expansión española por América y de una Europa dividida por la Reforma protestante. ...y en medio de aquel contexto, Dios suscitó en ella una obra de renovación espiritual que comenzó en el silencio de un convento y terminó extendiéndose mucho más allá de sus muros.
La grandeza de santa Teresa resulta difícil de comprender si prescindimos de aquello que constituyó el centro de su existencia: su relación personal con Jesucristo. Todo en ella nace de esa amistad con el Señor. Su oración, su vida comunitaria, sus escritos y sus fundaciones encuentran aquí su verdadera explicación.
Teresa descubrió que la santidad no era una aspiración reservada a unas pocas almas privilegiadas: Dios llama a todos a vivir en su amistad. La oración es el camino ordinario para cultivar esa relación, y ella misma la definió con una expresión que conserva toda su fuerza: «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama».
Estas palabras, tomadas del Libro de la vida, resumen una parte esencial de su enseñanza. Quien se encuentra verdaderamente con Cristo no puede continuar viviendo de cualquier manera.
Cuando santa Teresa emprendió la reforma del Carmelo, comprendió que la renovación de una comunidad religiosa debía comenzar por la conversión de quienes la formaban. En 1562 fundó en Ávila el convento de San José, primera fundación de las carmelitas descalzas.
Su empresa encontró resistencias e incomprensiones. Pero aquella mujer demostró una fortaleza extraordinaria; recorrió los caminos de Castilla y de otras regiones españolas, promovió nuevas fundaciones, atendió innumerables asuntos prácticos y sostuvo una correspondencia inmensa. Supo unir una profunda vida contemplativa con una asombrosa capacidad de trabajo.
Teresa sabía que las obras verdaderamente fecundas para la Iglesia nacen de la fidelidad al Señor, y que su perseverancia exige aceptar dificultades y contradicciones.
La reforma teresiana tuvo también una dimensión masculina: Con la colaboración de san Juan de la Cruz, en 1568 comenzó la andadura de los carmelitas descalzos en Duruelo. Aquella experiencia marcaría profundamente la historia de la vida consagrada.
Santa Teresa ocupa un lugar singular en la historia de la descalcez religiosa. Su reforma fue una de las manifestaciones más influyentes del movimiento de renovación que, durante los siglos XVI y XVII, buscó recuperar el espíritu fundacional de diversas familias religiosas.
La descalcez expresaba exteriormente una voluntad de austeridad y desprendimiento, pero su verdadero significado era espiritual. Se trataba de volver a vivir con mayor fidelidad las exigencias del Evangelio y de la propia vocación.
La influencia de aquella corriente reformadora alcanzó a distintas órdenes religiosas, entre ellas la nuestra. A comienzos del siglo XVII nació la reforma de los Mercedarios Descalzos, impulsada por el venerable fray Juan Bautista del Santísimo Sacramento, que buscó devolver a la vida mercedaria el vigor de la observancia religiosa y la fidelidad al carisma redentor.
Aunque se trata de reformas distintas, surgidas en familias religiosas con historia y espiritualidad propias, ambas comparten una convicción fundamental: la renovación de la Iglesia comienza por la santidad de sus hijos.
Por eso, al contemplar la figura de santa Teresa, quienes pertenecemos a la descalcez encontramos en ella un testimonio especialmente cercano. Su ejemplo recuerda que toda reforma auténtica exige volver a Jesucristo, recuperar la primacía de la oración y vivir con fidelidad la vocación recibida.
Que la Santa de España, madre de la reforma teresiana e inspiración para tantas generaciones de religiosos descalzos, nos enseñe a vivir con la misma determinación con la que ella quiso servir a Jesucristo y a su Iglesia.